Hace seis años, la Ciudad fue escenario de las protestas y la represión del 19 y 20 de diciembre

Por Facundo Cornejo, 23:30

Por Facundo Cornejo - Jueves 20 de diciembre de 2007


Foto: Infobae


En esos días en los que el país estuvo convulsionado como consecuencia de las medidas que impuso el ministro de Economía de la Alianza, Domingo Cavallo y su tristemente célebre corralito financiero, y en los que la convertibilidad agonizaba, la Ciudad de Buenos Aires fue el epicentro de las protestas del 19 y 20 de diciembre, que terminaron con serios incidentes por una fuerte represión policial y muertes, situación que determinó la caída del entonces presidente Fernando de la Rua.

La Ciudad era un caos. El miércoles 19 la gente más pobre, en su desesperación, saqueó comercios, sobre todo en el Conurbano y en ciudades del Interior y en menor medida en la Capital. Llegada la noche, con la tensión social en su escala máxima, De La Rua decretó el Estado de Sitio, en un mensaje que en el seno de su Gabinete tildaron de “autista”, y fue la gota que rebalsó el vaso. Apenas difundido el mensaje, los vecinos dejaron sus casas y comenzaron a marchar –autoconvocados- a la Plaza de Mayo y de los Dos Congresos, desoyendo lo dispuesto por el mandatario. Jóvenes, familias completas incluyendo al perro y ancianas en camisones llegaban en plena madrugada desde Flores, Almagro, Caballito y Balvanera golpeando las cacerolas y con el grito en común de “¡Que se vayan todos!”.

Fue la marcha de una clase media que se cansó de la ausencia de medidas de fondo en el plano económico y que tuvo que sufrir el impuestazo de Machinea –que limitó su capacidad de consumo- un aumento notorio en la desocupación y el recorte del 13 por ciento a estatales y jubilados para llegar a ese imposible “déficit cero”.

Se trató de una manifestación cívica pacífica. Sin embargo, a las cuatro de la madrugada y cuando la mayoría volvía a sus hogares, la Policía tiró gases lacrimógenos. Se vislumbraba otro día tenso.

Comenzada la mañana, y con las imágenes de los saqueos –en especial la de un supermercado chino de Ciudadela que mostraba al dueño en un desgarrador llanto mientras un grupo de quienes eran sus clientes se llevaban todo lo que encontraban, incluso el arbolito de Navidad que servía para decorar el local- grupos piqueteros y partidos de izquierda fueron a Plaza de Mayo, y también se sumaron vecinos por cuenta propia.

La Policía tenía la orden de “limpiar” la plaza, que estaba cortada a la mitad por una valla metálica. De un lado, los efectivos; del otro, la gente. La Montada que tiraba los caballos a todo aquel que estuviera en ese histórico lugar, sin distinguir entre manifestantes, vecinos y Madres de Plaza de Mayo. Era un constante avance y retroceso de ambos bandos. Y balas de goma, balas de plomo, gases, piedras y vidrios rotos daban un panorama de una ciudad en guerra.

Sin embargo, la tensión no se limitaba al centro porteño. En otros barrios de la Capital las calles estaban desoladas, y quien se animaba a caminarlas lo hacía con paso acelerado. Quienes no iban a la Plaza o al Congreso, manifestaban su bronca en esquinas y cortaban el tránsito. Y no faltaban los destrozos o la quema de algún auto o local.

El descontrol reinó en la Ciudad: la avenida Rivadavia, las Diagonales Norte y Sur, la avenida de Mayo, Florida y la avenida 9 de Julio tuvo enfrentamientos.

Y esa Plaza, que supo ser escenario de festejo y bronca popular, fue el escenario que sumó a su historia otra triste página, con muertes (30 en todo el país), cartuchos de gas lacrimógeno, balas de goma y baldosas rotas. También fue testigo silencioso de la caída de De La Rua y de un modelo económico que ya no tenía sustento.

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