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Por Facundo Cornejo - Sábado 20 de octubre de 2007


Calesita en Barracas
(Foto: Sitio web "Vecinos de Barracas" - http://www.vecinosdebarracas.com.ar/)

Brenda mira a papá y mamá, y de repente se aparta de ellos para correr hacia el autito rojo y azul, de chapa, que la llevará a iniciar esa aventura que durará apenas un par de minutos. Sin embargo, esa imagen de la hija sonriendo en su viaje de ilusiones quedará guardada para siempre en la memoria de quienes la llevaron a dar esa vuelta en la calesita del barrio.

Varias generaciones disfrutaron momentos mágicos durante su niñez gracias a ese recorrido circular que llevaba a la imaginación. En tiempos en los que el ciber le gana terreno a la plaza, la calesita da pelea al fantasma de la desaparición: en Buenos Aires quedan 56 calesitas, una cifra que dista de las más de 100 que supo tener medio siglo atrás, pero siguen vigentes gracias a que los más chicos todavía las prefieren a la hora de jugar.

“Forman parte de la Ciudad, así como el Obelisco o el tango”, señala Horacio Boffa, el encargado del carrusel del parque Rivadavia, quien además lo fabricó en reemplazo del anterior, que había sido construido por la compañía Sequalino y funcionó hasta 1981.

El Gobierno porteño incluyó a las calesitas en la Ley de Patrimonio Cultural en 2006 para que ingresen en programas de bienes patrimoniales, a la vez que se otorgó por decreto un permiso provisorio por cinco años a 29 de ellas para las que no tienen todo en regla. Además, en octubre de ese año el legislador Alejandro Rabinovich (ARI) presentó un proyecto que promueve la creación de un “Comité para la Defensa y Fomento de las Calesitas y Carruseles de la Ciudad de Buenos Aires”, pero no prosperó.

El Ministerio de Cultura editó el libro “Calesitas de valor patrimonial de Buenos Aires”, que fue escrito por Alejandro Mellincovsky, un argentino radicado en Israel que investigó el tema junto a su padre y su hermano, que también crearon un sitio web (http://www.lascalesitas.com.ar/) con el producto del relevamiento realizado, mapas, historia y fotos del tema.

"Primero recorrimos las 26 que tenía registradas la Dirección General de Patrimonio de la Ciudad. Y, caminando por los barrios, llegamos a relevar todas: hay 56 que funcionan en 54 lugares, porque el Zoológico y el Parque de la Ciudad tienen dos cada uno", explicó Mellincovsky a través de un correo electrónico.

Respecto de la vigencia de este entretenimiento, Don Antonio, el calesitero de plaza Almagro que hace 28 años que está en el lugar y más de cuarenta en la actividad, hace el siguiente análisis que le permitió el paso de los años: “los chicos más grandes prefieren la computadora, pero los más pequeños siguen viniendo, les gusta, y lo hacen acompañados ya no tanto por sus padres –que los dos trabajan- sino por los abuelos, que no sólo tienen la responsabilidad del cuidado de los niños, sino también las sonrisas”.

Dar una vuelta cuesta entre 75 centavos y un peso, según el barrio, una cifra accesible para un juego con historia. Adornadas con filetes, espejos y con personajes de Mafalda –o de Disney o los Power Rangers, las más nuevas-, un clásico de las calesitas son los caballos, los autitos, y no puede faltar un banco como los de la plaza, que antes lo aprovechaba algún chico para ir con esa compañerita de la primaria que le gustaba. De fondo, por estos días se escucha la música de Floricienta, Patito Feo y Piñón Fijo, pero también se intercalan con temas de Gaby, Fofó y Miliki.

“Yo venía aquí cuando era chica, no está muy cambiada”, cuenta Marina (30) sobre el carrusel de la plaza Martín Fierro, en San Cristóbal. Ahora lleva a su hijo Pablo -de cinco años-, que eligió subirse al helicóptero. “Traerlo al mismo lugar al que venía yo es tener en común esa vivencia de la niñez”, comenta mientras recibe los saludos del nene.

Sobre la cantidad de chicos que visitan calesitas, don Antonio explicó que una bien ubicada y en un fin de semana con buen tiempo puede llegar a vender cerca de 300 boletos, cifra que baja considerablemente los días de semana, que como mucho llega a 20 por día.

“Lo que gratifica de este trabajo es la sonrisa de los chicos”, se sincera el calesitero de Almagro.

Brenda vuelve de su viaje, algo demorado porque sacó la sortija. Y terminada la aventura –abrazo mediante- se produce el reencuentro después de ese instante eterno en el que la imaginación y la alegría fueron las protagonistas.
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Una calesita buscada
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Una tarde gris y una plaza embarrada y despoblada era el marco en Almagro. “La calesita vacía es una calesita triste”, se lamentaba don Antonio, el encargado del lugar que debido a las condiciones climáticas no la pudo hacer girar, y que para matar el tiempo barría las hojas caídas en su terreno.

Con 28 años en el barrio y “cuarenta y pico” en la actividad, este calesitero –oriundo de España- relató que el “tiovivo” (carrusel) primero estuvo en Constitución, cerca de la estación, por lo que muchos chicos iban todos los días.

Entre sus anécdotas más curiosas, hay dos que se destacan. El calesitero cuenta que rechazó una propuesta de alquiler de Adrián Suar para unas filmaciones ya que “si la calesita está cerrada, los chicos lloran”; y también que el humorista Freddy Villareal la utilizó en 1999 para una de sus personificaciones del ex presidente Fernando de la Rúa del programa Videomatch.
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¿Cómo nacieron las calesitas en el país?
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Las calesitas son un invento turco y era descripta como una una marca registrada en las plazas y parques del país. Casi todos subieron alguna vez a alguna, pero muy pocos conocen cómo y cuando nacieron.

Los comienzos de las calesitas en la Argentina tienen como punto de partida a la Ciudad de Buenos Aires. Se le atribuye el honor de ser la primera a la que se instaló entre 1867 y 1870 en el entonces denominado Barrio Parque, que quedaba entre lo que es hoy el Teatro Colón y el Palacio de Tribunales (Plaza Lavalle). Fue creada por Pascual, Miguel y Domingo La Salvia, tres hermanos nacidos en Potenza, Italia, y al poco tiempo formaron una empresa para la producción y explotación de carruseles con música de organitos, que se llamó Cuma –Carruseles Ultramodernos Argentinos La Salvia – que encaró la construcción de muchas de las que hubo en la Capital Federal.

A principios de la década del ’20, cuando las calesitas comenzaban a expandirse, empezaron a surgir los problemas con los calesiteros. En septiembre de 1919 se dictó una ordenanza municipal con exigencias imposibles de cumplir para quienes manejaban los carruseles. Los inspectores extorsionaban a los dueños y clausuraban los lugares, motivo que los llevaba a deambular de plaza en plaza. Este hecho los movilizó y en 1928 crearon la Sociedad Unión Propietarios de Calesitas. La misma en 1955 obtuvo la personería jurídica y, con esto, el fin a 30 años de conflicto, ya que consiguieron la posibilidad de obtener un “permiso especial”, que para lograrlo sólo había que cumplir con disposiciones reglamentarias accesibles.

En el 2002, las calesitas corrían riesgo de ser licitadas. Por esto la Subsecretaría de Patrimonio realizó un relevamiento de las 26 existentes, logrando que sean declaradas patrimonio cultural de la Ciudad.

Caballos y carruseles que giran al compás de la música de moda demuestran, que con más de cien años de vida, las calesitas parecen tener la receta perfecta para divertir a los más chicos.

Bruno Valenti